Archive for febrero, 2010

SONATINA DE POL

APARTADO DE GUILLERMINA

Veras Guillermina, estaba pensando en volver a estudiar aquella sonatina de Clementi, que le gustaba tanto a Polito, aquel perro que tuve en mi juventud, estoy segura que me oirá donde quiera que haya ido, por muy lejos que esté. Te lo voya contar como si fuese un cuento.
Me parece estupendo Amparo, porque en realidad en tu juventud no estábamos demasiado conectadas y no recuerdo mucho de aquel tiempo, así que puedes empezar la historia de Polito.
Un día, tendría unos 20 o 21 años, me trajo un familiar un precioso perrito que apenas si tendría una semana, blanco y negro, con el pelito rizado y mas sedoso que he tocado nunca. Lo crié con biberón y como es natural me seguía a todas partes y se echaba a mis pies cuando tocaba el piano, le encantaba la música, pero muy en particular la sonatina aquella que estudiaba para mi examen. Fue por entonces cuando tuve que hacer un viaje a la Guinea acompañando a mi sobrina, con el fin de reunirse con sus padres, residentes allí. Mi perrito tenía seis meses entonces, había crecido y era muy travieso e inteligente, un cachorro precioso al que recuerdo llevamos al aeropuerto cuando nos fuimos. Yo con mis veintiún años y mi sobrina doce, te puedes imaginar la pareja que hacíamos, además en aquella época creo que fuimos de las primeras casi, en hacer aquel viaje a la Guinea en avión. El viaje nos duró dos días, aterrizando donde se nos acababa el combustible y durmiendo en cabañas donde llegábamos de noche. Pero conocimos a una gran mujer andaluza, que nos cogió bajo su tutela a nosotras dos y a otra joven que iba también sola y se había casado por poderes. El caso es, que con ella de madre adoptiva lo pasamos bien olvidando nuestras penas y mareos. Recuerdo que mi sobrina, aquejada por esa causa, me pedía que nos quedáramos en cualquier sitio donde aterrizaba el avión. Y es que tuvimos de todo, hasta nos pilló un dichoso tornado, que el piloto esquivó afortunadamente, pero los baches eran tan grandes, que a veces no encontrábamos el asiento… A los dos días  llegamos a Bata, con dos quilos de menos, porque como no comíamos casi nada, adelgazamos a kilo por día. A la señora andaluza no la volvimos a ver. Ella se quedó en Bata y nosotros continuamos a Fernando Póo con mis hermanos, que nos estaban esperando en el aeropuerto.  En aquella isla estuve un año, pero en este momento no le viene al cuento recordarlo, sólo que volví a Valencia al morir mi padre. El viaje de regreso lo hice en barco, porque no quería saber nada de aviones y, mi sobrina se quedó con sus padres. También fue accidentado el viaje aquel, no sé porqué se torcía la cuestión cuando iba yo a bordo de lo que fuese. Esa vez nos cogió un gran temporal, que duró lo menos tres o cuatro días y, en un golpe de viento se nos quedó el barco torcido completamente, así que por una ventanilla veíamos sólo cielo, mientras que por la contraria veíamos sólo el mar. Al final llegue a pensar que tendríamos al bajar, una pierna mas corta que otra, porque la verdad es que andábamos todos tan escorados como el mismo barco. Pero Amparo, te has dejado a Polito en el aeropuerto y no sabemos de él. Te estás enrollando tanto que no sé que pensar. Has olvidado, por completo, que me ibas a contar un cuento y, esto parece sólo tu viaje. Tampoco nos has dicho nada de la Guinea.
Veras Guillermina, ten paciencia, ya sé que me estoy haciendo un lío, pero ahora viene mi llegada a Valencia. Después de tan azaroso viaje, que duró veinticuatro días, ya el barco me parecía mi casa, incluso hubiese seguido viajando en él, sin querer llegar a ningún sitio. Creo que en aquella época estuve casi perdida con tantos avatares y disgustos. Ten en cuenta que no te había encontrado todavía Guillermina, por eso creo que no me hubiera importado seguir viajando hasta el infinito… Pero llegue a casa, allí estaban mi madre, mis hermanas y mi perro, mi perro que no me conocía porque había crecido muchísimo y se había convertido en un perro grande y precioso, pero yo era una extraña para él, me huía un poco asustado de que le quisiera acariciar  y, me sentí muy triste. Me puse a deshacer la maleta, me contaban las penas de aquellos días, echaba de menos el barco tan lejos de todo y de todos, tan ajeno e indiferente, tan sin nada que me pusiera triste, y entonces recurrí a mi piano. Mi piano seguía igual que siempre, seguro, tranquilo esperándome tanto tiempo… Entonces me senté y empecé a tocar la sonatina de Clementi y…  ocurrió el  milagro, mi perro que estaba en la cocina con mi madre, vino corriendo, ladrando y se abalanzó sobre mi loco de alegría, porque al fin me había reconocido. Podéis imaginaros mi alegría también y mis lágrimas al recobrar a mi amigo. Desde entonces aquella fue su música preferida, pedía que la tocase siempre y acudía en cuanto me sentía tocarla echándose a mis pies,  como de pequeño, diciéndome tantas cosas y, desde entonces aquella sonatina quedó siempre de enlace entre los dos. No cuento su muerte, lo dejo aquí. Pero puedo decirte que hasta casi su último momento siguió acudiendo a la llamada de la sonatina y, por eso pienso,  que si la tocara de nuevo ahora, acudiría desde el sitio en que esté, seguro que vendría a escucharla y, se apoyaría de nuevo en mis pies…
Vaya Amparo, es lo que siempre te digo, que los animalitos nos dan lecciones a veces, quizá para que nosotros despertemos y sepamos como ellos vivir sin complicarnos ni hacernos difícil el camino, de la forma más sencilla y natural.
Creo que debo de tener algún poema antiguo dedicado a Polito, pero me costaría mucho encontrarlo, así que le hice uno nuevo ayer y, voy a  terminar con él, La sonatina de Pol…

FIEL AMIGO

Aún sigues siendo el guardián
de mis sueños, me ladras todavía,
me acompañas en mi torpe caminar
por la vida, amigo fiel y duradero.
Y desde mi vejez sigo añorando
la calidez de tu mirada, el ladrido
lejano marcando aún el compás
de mis horas solitarias,
porque tú y yo, como antaño,
volveremos a estudiar aquella
sonatina encantadora
que compartimos…
Y así, al caer la noche
venidera, no me sentiré sola
ni perdida, porque tú,
querido amigo, me estarás
esperando como siempre.
Y he de reconocer todavía,
en el viento que me lleve,
tu esperanzador ladrido.
 
A. Conde

febrero 28, 2010 at 9:03 pm Deja un comentario


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